viernes, 29 de junio de 2012

No es lo mismo

Hay personas que se parecen, que incluso son dos gotas de agua. Más de una película de acción (todas bastante previsibles) tiene alguna hermana gemela. Existen partidos políticos que, por mucho que intenten distanciarse de su rival, son el mismo perro con diferente collar. Pues bien, lo mismo pasa con las palabras.

Éste es el caso del término peaje. Estoy más que convencido de que alguien ahora se preguntará: “But Jose Mari; ¿a qué otra palabra se parece peaje?” ¡¡¡Shut up, little clever (listillo)!!! ¡Deja que te estampe mi explicación en la cara antes de querrer desmentir mi verdad absoluta!

Yo iba caminando tranquila y desinteresadamente por los corredores de mi universidad. La calma estaba presente y yo, divagando sobre cosas isoterias en las nubes junto con dos amigos, me encontraba la mar de a gusto alienado de las cosas superfluas del mundo mortal. Surgido de la nada, como pinguino en smoking, se planta delante nuestra un hombre de lo más extravagante:

Así luce un peajeador.
Andaros con ojete si véis uno
-Buenos días tengan ustedes. Soy el peajeador y vengo a peajearos por el cobro que dicta la ley debéis pagar por el hecho de circular por los pasillos universitarios.

-Buenos momentos temporales tenga usted, -respondo, manteniéndome firme en mi cabezonería de que esta, y ninguna otra, es la mejor forma de no equivocarse de saludo a causa de la falta de normas acerca de qué protocolo seguir en cada etapa del día- en qué podemos ayudar a su señoría?

-Ya se lo he dicho, -insiste, caperrudo, el desagradable peajeador- deben pagarme si desean seguir circulando.

Es entonces que salta mi amigo, el señor haba de campo (así es como le llamamos), y responde con su característico accento de patata en boca:

-¡Cojón! Te pareix normal que compareguis tu, collons de porc , i mos diguis que hem d'amollar es dineros? (tr: No sé si difiero mínimamente en la necesidad de contribuir a este pequeño impuesto.)
-Mi palabra es ley y la ley se debe cumplir. Pagad o desalojad. Llevo un día muy largo peajeando, y no voy a tolerar que unos mozos insolentes como vosotros me amarguen ni por un momento temporal (nota del autor: toma, toma, ¡se le ha quedado!). 

No pudiendo permanecer callado salta mi otro apañero y amigo:

-Estos -dice, mientras desplaza su mano lentamente por delante de la cara del peajeador- no son los peajantes que buscas...
-Míralo, este ha visto mucho Star Wars y se cree un Jeti...
-Se dice Jedi, ¡escoria intergaláctica! -responde mientras lanza un sopapo al aire, indignado.
-Jeti, Jedi o Heidi. Poco me importa, vosotros lo que debéis hacer es pagar. Cuando un peajeador peajea, el peajante debe peajear.

Hartos de tanta peajerría decidimos apoquinar los pocos leuros que nos pide. Empezamos a andar de nuevo, sin destino alguno, cuando nos dice:

-Chicos, andad con el ojete. En cualquier momento volveré a peajearos...

Y es así, queridos seguidores de mis desvarios, como quiero dejar patente que las palabras se parecen a veces, ¡y mucho! Porque, ¿quién no ha pensado durante la lectura de este texto que el mote peajeador se parece al de pajeador? ¿Peajear no puede confundirse con pajear? ¡Ay, la lengua! Siempre tan complicada de dominar, pero de buena ayuda es para peajear...

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