—¡POR EL PODER DEL MARTILLO DE THOR... —Señoría, que se me viene arriba.
—Vale. Toc, toc. Se levanta la sesión.
Desvaríos. Buscad esa palabra en la RAE y entendereis de qué trata mi blog. No busqueis la lógica, aunque allí esté. Sentaos con una taza de chocolate caliente o un café y sumergíos en mis líneas escritas con parte de locura y otra de ingenio.
![]() |
| Así luce un peajeador. Andaros con ojete si véis uno |
El camarero, perplejo ante lo que acaba de escuchar, le sirve los cafés pensando que habrá sufrido alucinaciones. Al día siguiente el hombre vuelve:
El camarero, esta vez seguro de lo que ha escuchado, se mosquea con el hombre pero decide no hacer nada y se los sirve. Quizás no vuelva a ocurrir. El próximo día:
Actualmente vivimos
presos de las horas. El tiempo nos condiciona todo lo que hacemos:
atándonos en un momento dado a cosas que quisiéramos hacer luego y
posponiendo otras que nos motivan muchísimo. Y yo pregunto: ¿qué
necesitamos para controlar dicho tiempo? La respuesta debería ser:
“Un reloj, ¡sueco supremo!” ¡Y qué razón lleváis!
“A
las 16 horas se declaró el incendio”. Esta frase, y ninguna otra,
es la que te altera. ¿Que a las 16h se declara un incendio? No es
que se produzca ni se inicie, no; más bien alguien lo declara y
¡puf! El incendio comienza. Hasta que algún cerebrito dijo
“¡Hostia, Ezequiel, un incendio!” nada ocurrió. La joven herida
no sufrió, el motor de la lancha no se incendió y nadia avisó al
112. ¿Qué hubiese ocurrido si el lumbreras de turno no llega a
avisar a su compañero Ezequiel? Bonito nombre, por cierto. Quién
sabe. Yo lo que sí sé es que a veces, y sólo a veces, ciertas
maneras de redactar “cosas” me dan la inspiración necesaria para
desahogarme a gusto, sin faltar a los que estaban en el barco.
Ninguno de ellos se ahogo, ¿cierto? Solamente se declararon...