Hay personas que se
parecen, que incluso son dos gotas de agua. Más de una película de
acción (todas bastante previsibles) tiene alguna hermana gemela.
Existen partidos políticos que, por mucho que intenten distanciarse
de su rival, son el mismo perro con diferente collar. Pues bien, lo
mismo pasa con las palabras.
Éste es el caso
del término peaje. Estoy más que convencido de que alguien ahora se
preguntará: “But Jose Mari; ¿a qué otra palabra se parece
peaje?” ¡¡¡Shut up, little clever (listillo)!!!
¡Deja que te estampe mi explicación en la cara antes de querrer desmentir mi verdad
absoluta!
Yo iba caminando
tranquila y desinteresadamente por los corredores de mi universidad.
La calma estaba presente y yo, divagando sobre cosas isoterias en las
nubes junto con dos amigos, me encontraba la mar de a gusto alienado
de las cosas superfluas del mundo mortal. Surgido de la nada, como
pinguino en smoking, se planta delante nuestra un hombre de lo más
extravagante:
 |
Así luce un peajeador. Andaros con ojete si véis uno |
-Buenos días
tengan ustedes. Soy el peajeador y vengo a peajearos por el cobro que
dicta la ley debéis pagar por el hecho de circular por los pasillos
universitarios.
-Buenos momentos
temporales tenga usted, -respondo, manteniéndome firme en mi
cabezonería de que esta, y ninguna otra, es la mejor forma de no
equivocarse de saludo a causa de la falta de normas acerca de qué
protocolo seguir en cada etapa del día- en qué podemos ayudar a su
señoría?
-Ya se lo he dicho,
-insiste, caperrudo, el desagradable peajeador- deben pagarme si
desean seguir circulando.
Es entonces que
salta mi amigo, el señor haba de campo (así es como le llamamos), y
responde con su característico accento de patata en boca:
-¡Cojón! Te
pareix normal que compareguis tu, collons de porc , i mos diguis que
hem d'amollar es dineros? (tr: No sé si difiero mínimamente en
la necesidad de contribuir a este pequeño impuesto.)
-Mi palabra es ley
y la ley se debe cumplir. Pagad o desalojad. Llevo un día muy largo
peajeando, y no voy a tolerar que unos mozos insolentes como vosotros
me amarguen ni por un momento temporal (nota del autor: toma, toma,
¡se le ha quedado!).
No pudiendo
permanecer callado salta mi otro apañero y amigo:
-Estos -dice,
mientras desplaza su mano lentamente por delante de la cara del
peajeador- no son los peajantes que buscas...
-Míralo, este ha
visto mucho Star Wars y se cree un Jeti...
-Se dice Jedi,
¡escoria intergaláctica! -responde mientras lanza un sopapo al
aire, indignado.
-Jeti, Jedi o
Heidi. Poco me importa, vosotros lo que debéis hacer es pagar.
Cuando un peajeador peajea, el peajante debe peajear.
Hartos de tanta
peajerría decidimos apoquinar los pocos leuros que nos pide.
Empezamos a andar de nuevo, sin destino alguno, cuando nos dice:
-Chicos, andad con
el ojete. En cualquier momento volveré a peajearos...
Y es así, queridos
seguidores de mis desvarios, como quiero dejar patente que las
palabras se parecen a veces, ¡y mucho! Porque, ¿quién no ha
pensado durante la lectura de este texto que el mote peajeador se
parece al de pajeador? ¿Peajear no puede confundirse con pajear?
¡Ay, la lengua! Siempre tan complicada de dominar, pero de buena
ayuda es para peajear...